jueves, 20 de julio de 2017

El cardenal Müller, ghost writer del Wanderer


He leído con satisfacción, la entrevista al cardenal Müller que se conoció ayer y que confirma lo que desde hace años venimos afirmando en este blog: el problema no es Francisco ni los “papas conciliares”; el problema es el sobredimensionamiento del pontificado romano.
Gerhard Müller fue destituido, o más bien misericordiado, por el Papa Francisco hace pocos días. Y no se trata de una interpretación personal. El purpurado lo dice con todas las letras: “Cualquiera se puede imaginar lo que ello significa. Fui llamado a Roma por el Papa Benedicto únicamente para este cargo. Normalmente se parte de la base de que es hasta los 75 años. Pero ahora se ha decidido otra cosa”. En pocas palabras, Müller se considera despedido por el Papa de la misericordia.
Hay que decir, sin embargo, que se las buscó. O, más bien, que no se sumó al coro de aduladores. Dijo las cosas cuando tuvo que decirlas, sin miedos y, seguramente, a sabiendas que podían venir represalias. Recordemos que fue un opositor a los “Amores de Leticia” desde el comienzo, y que en varias ocasiones abogó por una interpretación ortodoxa del documento pontificio. Declaró que su función era “enarmarcar” las declaraciones del Sumo Pontífice y lo le tembló el pulso para afirmar que “la doctrina social de la Iglesia debe aplicarse también en el Vaticano”, en referencia a los tres oficiales de la Congregación de la Doctrina de la Fe que fueron despedidos sin mediar razón por parte de Bergoglio. 
En la entrevista conocida ayer, sostuvo que hay personas que tienen una "devoción papal hipócrita”, con “adulación cortesana y afectada subordinación”. No puedo dejar de pensar en la marea de obispos trepadores y chupamedias que peregrinan a Roma para hacerse ver por el Pontífice a fin de lograr quién sabe qué favores. En su momento hablamos aquí, por ejemplo, de Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael, y digno exponente de esta especie de prelados arribistas.
Dijo luego que “El Papa también es solo un ser humano. Eso quiere decir que no todo lo que hace y dice es de por sí perfecto e insuperable”. Estas palabras, de mero sentido común, no caerán bien en los medios neocones, como Fasta, para quienes los “papas conciliares” son una suerte de semidioses, y tampoco en los medios ultramontanos, como ciertos sectores del tradicionalismo más enragé, para quienes los papas preconciliares son los que gozan de esa prerrogativa. 
Luego afirmó: “No debería surgir un culto a la personalidad ni un turismo papal por el hecho de que el pontífice sea una persona muy cercana. En los tiempos de los medios de comunicación masivos es peligroso que la gente solamente aclame al papa o que viaje a Roma por sensacionalismo, para poder decir después 'he visto al papa en primera fila y estaba muy cerca de él’”. Es exactamente esto lo que yo mismo decía hace pocos días, cuando en un post imaginaba las medidas que tomaría si fuera elegido Papa. 
No creo desvirtuar el pensamiento del cardenal Müller si afirmo, una vez más, que esta profunda crisis que está atravesando la Iglesia, si no es terminal, deberá servir para replantear el lugar que debe ocupar el pontificado romano.

Nota bene: Curiosamente, las palabras del cardenal Müller han servido para que Clarín se revelara como un diario ultramontano. ¡Quién iba a decirlo! El principal y progresista diario argentino es un decidido defensor del más rabioso romanismo. 

lunes, 17 de julio de 2017

Don Gabino y la oración

Estimado Wanderer: leo a diario su excelente blog, pero comento poco. Neófito como soy (bautizado de bebé, pero recibiendo la Confirmación hace solamente 5 años, ya pasadas 3 décadas de mi vida), no suelo comentar mucho porque tengo poco que aportar, pero mucho que aprender. Esa es una consulta personal, relacionada con Mateo 7, 7-12. Tengo enorme dificultad en creer en esos versículos, que usan palabras tan fuertes, tan categóricas, sobre el poder y efectividad de la oración, que me parece que no deben ser tomados en un sentido tan alegórico que los diluya, y que además aparecen en varios otros pasajes del Evangelio. Parece que tenemos que tomar en sentido bastante literal, excluyendo (claro) pedidos fútiles como “Dios, hazme ganar la lotería para darme todos los gustos y no tener que trabajar”. Así que estoy preguntando a varias personas que (por lo que a mí me parece) están más adelantadas que yo en fe y oración, sean laicos o de vida consagrada: Muchas gracias y que Dios lo bendiga.

Uno de los paseos favoritos de don Gabino consistía en tomar el camino que salía de San Etelberto hacia el este y luego un sendero que, rodeando la montaña, subía hasta la cima donde se hallaba el castillo y ofrecía una vista formidable del pueblo hundido en medio del valle. La caminata duraba varias horas, no sólo porque era un buen trecho el que había que recorrer sino porque el follaje, los animales, las flores y los arroyos impedían seguir sin más y exigían pausas para la contemplación. Y mucho más cuando la excursión no se hacía en solitario sino acompañado por un buen amigo. Bancos y poyos, de madera o de piedra, se desparramaban aquí y allá y ofrecían la ocasión para abrir las viandas, descorchar el vino ligero y conversar más pausada y cómodamente.
La señora Forgeron, que tenía la curiosa costumbre de hacer remolinos con sus manos sobre la lumbre, había preparado para su marido y don Gabino un poco de pan, queso y algunas almendras. El viejo llevaba una botella de chacolí de Zarauz. Pasadas ya las diez de la mañana partieron los dos mientras en el cielo comenzaba a derramarse desde el sur un manantial de nubes grises con cenefas blancas y brillantes.
El alcorce había comenzado ya a tapizarse de hojas amarillas, y amarilleaba también el follaje de los árboles.
- No siempre concede lo que pedimos -dijo Forgeron- y Él sabrá porqué. 
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” - respondió don Gabino.
- Ya sé que eso es lo que dice el Evangelio, pero también sé que no siempre recibimos aquello que pedimos. Será que habrá condiciones para pedir; la constancia dicen...
- La constancia, sí, pero algo todavía más complicado: la paradoja. 
- ¿Castellani y Kierkegaard? - preguntó Forgeron.
- No sé... en todo casa la paradoja que yo veo es que Dios siempre pide que le entreguemos primero aquello que le estamos pidiendo -respondió don Gabino.
- ¿Cómo podemos entregar lo que no tenemos? Y si ya lo tenemos ¿para qué pedirlo?
- Es que de alguna manera ya tenemos previamente aquello que estamos pidiendo. El deseo no es absoluto. Eso es lo que decía Freud. Se desea lo que se ama, y para amar algo primero tengo que conocerlo, y conocer es poseer. 
- Es decir que ya poseemos lo que no tenemos pero deseamos. La verdad que es una paradoja.
- Y Dios pide, para dárnoslo, que se lo entreguemos. ¡Vaya paradoja!

La senda había comenzado a empinarse y la subida arrancaba algún resoplido al más viejo y al más joven, que comenzaba a darse cuenta que los años pasaban. Se sentaron a descansar un momento en un poyo de piedra que se respaldaba sobre la roca de la montaña. Frente a ellos, las nubes se despeñaban e inundaban las laderas cubiertas de árboles otoñales.
- Me recuerda a Lewis -dijo Forgeron, y comenzó a recitar de memoria: “Creo que la tierra, si se la escoge en lugar del cielo, resultará, todo el tiempo, sólo una región del infierno; y creo que la tierra, si se la sitúa después del cielo, resultará desde el principio una parte del mismo cielo”.
- Es eso justamente. Dios quiere que arrojemos aquello que pedimos, como un piedrazo, más allá de la tierra, en el cielo. Y así, cuando lo recibimos, estaremos recibiendo no solamente lo que pedimos sino también un pedazo de cielo. Si Dios nos diera inmediatamente lo que pedimos, así sin más, correríamos el riesgo de quedarnos en la pura tierra que, como bien dice Lewis, se termina convirtiendo en una región del infierno.
Siguieron la marcha. El sol apenas si podía filtrar un rayo que otro a través de la fronda débil del bosque porque el celaje, movido por la brisa ligera, lo interrumpía a cada paso.
- ¡Vamos don Gabino! Todavía queda un trecho -dijo Forgeron-. Tenemos que alcanzar los “países altos”. 
- Allá vamos -respondió el viejo-. Como decía Lewis, en las regiones altas descubriremos que no perdimos lo que abandonamos y que allí encontraremos lo que verdaderamente buscamos, más hermoso aún que lo esperado.
- ¿Y hay que abandonar todo?
- Hay que abandonar todo lo de la tierra y ponerlo más allá, en el cielo. Y Dios sabrá cuando nos lo dará, si ahora que se lo estamos pidiendo, o cuando alcancemos los “países altos”. Lo que es seguro, es que nos lo dará, y en un ciento por uno, y mucho mejor de lo que podemos siquiera imaginar.
- No es fácil entender todo eso, y mucho menos fácil es esperar -dijo Forgeron mientras, imitando a don Gabino, había comenzado a ayudar a su caminar con un palo seco.
-   “S’i’ ho ben la parola tua intesa”, / 
rispuose del magnanimo quell’ombra, 
“l’anima tua è da viltade offesa; 
la qual molte fiate l’omo ingombra 
sì che d’onorata impresa lo rivolve, 
come falso veder bestia quand’ombra”.
- No me llevo bien con el toscano, pero veamos si puedo traducir a Dante: 
“Si entiendo bien lo que tu lengua expresa”, 
la sombra del magnánimo repuso, 
“la cobardía sobre tu alma pesa; 
la cual al hombre muchas veces puso 
de espaldas al deber que le cabía,
como a la bestia su mirar confuso”.
- Cobardía, señor Forgeron, cobardía. De eso trata. Son cobardes los incapaces de cumplir con el deber que les cabe. Nadie va a recibir de Dios lo que pide si, en primer lugar, no es capaz de asumir el deber que el mismo Dios le asignó. Y mire que Dios suele imponer deberes paradójicos. 
- Dígaselo a San Alejo, el hombre de Dios -respondió jadeante Forgeron mientras subía una pequeña cuesta. 

Llegaron, finalmente, a la cima de la montaña. Los grises muros del castillo lucían fríos mientras las nubes se enroscaban en las torretas y almenas. Un roble se doraba al calor del otoño y, un poco más allá, un banco de madera se asomaba al valle donde, en el fondo, se levantaban las casas de San Etelberto. Se sentaron, y comenzaron a dar cuenta del manchego con pan, ayudándose con sorbos de chacolí.
- Solamente desde aquí, desde las “regiones altas”, podremos darnos cuenta que Dios siempre nos dio lo que pedimos, así como solamente desde aquí podemos darnos cuenta que a la casa de Bulgarov se le han volado un par de tejas -dijo don Gabino señalando un caserón que sobresalía en medio del pueblo.
- Tiene razón. En lo inmediato es imposible. La acción de la Providencia sólo puede verse desde la distancia del tiempo.
- Yo diría más bien que sólo debe verse desde la distancia del tiempo. De otro modo, se corre riesgo cierto de justificar nuestra pereza, nuestros errores y nuestras cobardías achacándoselos a la Providencia.
- Recuerdo cuando en mis épocas de estudiante, me conformaba diciendo que la Providencia había querido que rindiera mal un examen.... -dijo Forgeron mientras empinaba la botella del vino agrio y ligero.
Lo giorno se n’andava, e l’aere bruno...
- Tiene razón, don Gabino, el aire se está empardeciendo. Mejor volvemos.
Y ambos comenzaron a descender el sendero. 


Los textos citados de C.S. Lewis corresponden al prólogo de El gran divorcio.
El texto de Dante corresponde a Divina Commedia, Inferno II, 43-48. La traducción es de Ángel Crespo.
Las fotografías son de Castel Pergine, ubicado en la zona del Trentino.


martes, 11 de julio de 2017

Cantó el Grillo y se acabó el Summorum Pontificum


La semana pasada, el diario La Croix publicó una nota de su corresponsal en Roma quien anunciaba que el Papa Francisco suspendería el motu propio Summorum Pontificum y, una vez erigida la prelatura personal a partir de la actual FSSPX, serían ellos los únicos que podrían celebrar el rito latino tradicional.
La noticia produjo desasosiego en la mayoría y alegría en unos cuantos. Se inquietaron todos los católicos que, como yo, nos regocijamos hace diez años cuando el Papa Benedicto XVI promulgó su motu proprio restituyendo para la Iglesia universal el rito que había celebrado durante casi dos milenio, reparando de ese modo la injusticia cometida por Pablo VI y confirmada por Juan Pablo II. Se alegraron los progresistas más ideologizados que siempre vieron en la decisión de Ratzinger un cuestionamiento inadmisible a las bases teóricas de la reforma del Vaticano II, y se alegraron también los tradicionalistas más enragé que pretenden la exclusividad de la franquicia “Tradición” para algún grupo en particular. A mi entender, sin embargo, no hay motivos para desasosiegos ni para alegrías.
La única fuente de la noticia es un personaje sobre el que ya hablamos en una ocasión en este blog: Andrea Grillo. Allí comentábamos que, según Sandro Magister, este señor sería bastante cercano a Santa Marta y que su objetivo principal era desactivar el Summorum Pontificum. Es su obsesión; lo desestabiliza psicológicamente la posibilidad que los sacerdotes de rito romano puedan celebrar libremente la llamada “forma extraordinaria”, a la cual detesta. No resulta extraño, entonces, que recurra a todos los medios posibles para lograr su objetivo, aunque estos sean, como es el caso que comentamos, de una simple y burda operación de prensa sin sustento alguno en realidad más que sus propios deseos. Los que correctamente se llama wishful thinking. 
Alguno lector podría decir, con toda razón, que lo mío podría ser también no más que wishful thinking y que la verdad sería la que canta el Grillo. Los indicios, sin embargo, no van en ese sentido:
  1. Al Papa Francisco no le interesa en lo más mínimo la liturgia. Es un jesuita y, como bien decía hace más de un siglo dom Maurice Festugière, para la Compañía de Jesús, la liturgia fue siempre un elemento accesorio y decorativo, pintoresco si se quiere, que complementaba lo verdaderamente importante que era la oración personal según el estricto método ignaciano (La liturgie catholique. Essai d’une synthèse, Abbaye de Maredsous, 1913). Es decir, Bergoglio no se va a cargar un problema extra con buena parte de la Iglesia metiéndose en una cuestión que no le importa. Más aún, se sabe por los indiscretos gossips que recorren los pasillos vaticanos, que en alguna ocasión se ha apostado en los apartamentos del Palacio Apostólico para ver la impresionante procesión que organizan anualmente por los fieles que siguen el motu proprio y que finaliza con una misa pontifical en la basílica de San Pedro. Y que ha manifestado su beneplácito con esta iniciativa.
  2. Más allá de los gossips, lo cierto es que este año esa peregrinación será oficialmente auspiciada por el Vaticano, a través de la Comisión Ecclesia Dei, la que, además, organiza un congreso sobre el tema que tendrá lugar en el aula magna del Angelicum, una universidad pontificia. En él, hablarán los más altos representantes de la Curia Romana, como pueden ver en el programa, y todo finalizará con una misa pontifical celebrada en el altar de la cátedra de la basílica de San Pedro por un cardenal. Si los deseos del Grillo fuesen reales, nada de esto podría suceder. Por el contrario, se estarían desactivando lentamente todos los apoyos a la celebración de la liturgia tradicional. 
  3. Aunque el autoritarismo y arbitrariedad del Papa Francisco son conocidas (ayer conocimos el diálogo que habría tenido con el cardenal Müller antes de su expulsión), como hombre político y de poder, no me parece que le interese crear un nuevo frente de conflicto, sino que le conviene tener arietes que debiliten el poder de sus competidores en el poder real, es decir, los obispos. La creación de una prelatura personal a partir de la FSSPX tiene, también, ese objetivo (es una clara muestra de poder frente a la sorda resistencia de los obispos frente a tal iniciativa), y Francisco sabe que el 25% de los sacerdotes que se ordenan anualmente en Francia son del mundo tradicional (solamente la Fraternidad San Pedro ordenó este año dieciséis sacerdotes). Este hecho es una enorme y más que molesta piedra en el zapato del poderosos episcopado francés, y signo clarísimo que evidencia su fracaso. Y Bergoglio, S.J., no va a perder esta oportunidad de ejercer poder debilitando al enemigo utilizando lo que no le interesa: la liturgia latina. 
  4. El Prof. Andrea Grillo está ofuscado. No nos lo dice solamente su expresivo rostro sino también sus escritos. Ya hicimos referencia en el post de enero a las destempladas diatribas contra la liturgia latina que aparecen en algunas de sus obras, pero hay un hecho reciente más significativo aún. Ante la carta a los obispos de la Congregación para el Culto sobre la materia apta para la celebración de la Eucaristía, ha reaccionado de un modo desproporcionado como puede corroborarse en los dos artículos que escribió (aquí y aquí) en el término de pocas horas despotricando contra la Curia Romana. En mi opinión, su ofuscamiento no es solamente sobre lo dispuesto en ese documento, sino que su promulgación es la prueba más clara que Grillo no tiene ninguna gravitación en las decisiones litúrgicas que se toman en la Santa Sede. 
  5. Finalmente, creo que nadie debe alarmarse -ni alegrarse- por lo que puede decir una persona ofuscada (es decir, que posee el juicio momentáneamente perturbado por la pasión de la ira) que no sólo se preocupa en tender redes con periodistas afines con el objetivo de armar operaciones de prensa, sino que es capaz de decir barbaridades que cualquier católico más o menos instruido puede detectar. Dijo al corresponsal de La Croix que “al introducir una elección subjetiva del rito por el sacerdote, el motu proprio fragilizó la unidad litúrgica de la Iglesia y creó incluso iglesias paralelas hasta en las parroquias. Esto es una ruptura de la tradición”. La verdad es que hay que ser muy deshonesto para hacer es afirmación. Resulta que ahora los modernistas se preocupan por la “unidad litúrgica” de la Iglesia y, a la vez, propician un rito que tiende necesariamente a la diversidad. Cualquiera puede ser testigo que una misa novus ordo de Buenos Aires es bastante distinta a una de Córdoba y muy distinta a una de Alemania: todo es diferente, desde la lengua hasta la música. ¿De qué unidad habla Grillo? Y se duele por las “iglesias paralelas”. Quizás esté señor no recuerde la gran cantidad de “iglesias paralelas” que creó y promovió el papa Juan Pablo II alentando a los movimientos. ¿O será que los neocatecumenales, o los carismáticos, o los focolares no son, acaso, “iglesias paralelas”, incluso en las parroquias? Y por último, “ruptura de la tradición”. No hace falta recordar que lo que rompió la tradición fue el novus ordo pero, concediendo su afirmación, con tal criterio la tradición siempre vivió rota. Pensemos en una ciudad como Milán, o como Toledo, a principios del siglo XX. Habían allí sacerdotes que celebraban el rito ambrosiano o mozárabe; a la vuelta de la esquina, otros celebraban el rito romano; una cuadra más allá, los dominicos celebraban el dominicano y los carmelitas el carmelitano; y si salían un poco de la ciudad y entraban en una cartuja, se encontraban con que los monjes celebraban el cartujano. 
Definitivamente, el Prof. Andrea Grillo no es confiable. La eliminación del motu proprio es su agenda, pero no es la agenda del Papa Francisco. 

lunes, 10 de julio de 2017

Bautismo para todos y todas


Conservar la fe es uno de los puntos centrales que San Pablo señala: “He combatido el buen combate, he conservado la fe”, dice en la carta a Timoteo. Consecuentemente, perder la fe es un peligro del que debemos cuidarnos tanto como perder el buen combate. Y la fe no se pierde de un día para otro, ni tampoco resulta tan clara para el sujeto como para los demás que la fe se ha perdido. Es decir, no es necesario un acto público de apostasía.
Probablemente, uno de los primeros síntomas que aparecen como indicativos de un fe tambaleante es el menosprecio o desprecio de los sacramentos. Y esto ocurre porque los sacramentos son de los elementos más “mágicos” que tiene la Iglesia: agua que borra el pecado original, palabras que borran los actuales, pan que no es pan sino el Cuerpo de Cristo, aceite que cura las enfermedades y fortalece el alma, etc. Aquél cuya fe sea débil comenzará a ver en estos signos no más que resabios de una mentalidad primitiva o bien, meros signos que no poseen en sí mismos capacidad transformadora o performativa sino solamente un modo de manifestar “algo” socialmente relacionado con el cristianismo. Y cuando esto sucede -y sucede cada vez con más frecuencia-, el sacerdote deja de cuidar y prestar atención a los requisitos, condiciones y demás detalles de los sacramentos porque, en definitiva, lo importante es que el signo sea adecuado para manifestar públicamente lo que se busca. En definitiva, la performatividad del sacramento ya no es personal sino comunitaria. 
Es por eso que ante la carta del cardenal Sarah aparecida hoy en la que se recuerda a los obispos las condiciones que debe tener el pan y el vino aptos para la celebración de la Santa Misa, los medios han salido con interpretaciones propias de quien no tiene fe (ver aquí un ejemplo), aunque la realidad es que buena cantidad de clérigos comparten esa opinión y harán poco o ningún caso a la disposición vaticana.
Algo similar ocurre con el bautismo. Buena parte de los sacerdotes que lo celebran no ven en él más que un signo con performatividad social por la cual un niño se asocia a una comunidad cristiana y que, de paso, sirve como ocasión de encuentro familiar y para estrechar lazos de amistad. Solamente eso. No le hablen de exorcismos ni de lavado de la culpa original porque sencillamente no lo entienden. Como tampoco entienden los requisitos y condiciones que se exigen a los padres para acceder el bautismo del niño y a los padrinos para serlo: si el efecto del sacramento es meramente social, lo importante e imprescindible es que el grupo social pueda apropiarse del significado del signo. En pocas palabras, se perdió la fe.
Veamos lo que ocurrió hace pocos días en la noble y benemérita ciudad de San Miguel de Tucumán. La iglesia dispone que, para el caso del bautismo, “Téngase un solo padrino o una sola madrina, o uno y una” (c. 873), es decir, un varón y una mujer. Y en el canon siguiente exige dice que el padrino o madrina “sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”. Son cuestiones del más mínimo sentido común para un cristiano que tiene fe; para el que la ha perdido, no son más que regulaciones que pueden ser obviadas porque llevar una “vida congruente con la fe” es una expresión vaciada completamente de sentido.

Así las cosas, se filtró un video en el que un señor que por algún motivo se viste de mujer y se comporta como tal y, por lo que parece, su conducta no queda en meros maquillajes, hormonas y puntillas, va a ser padrino -él dice “madrina”- de bautismo, pero pide silencio porque el cura de la parroquia les ha pedido que no digan nada. Claro, un travesti no lleva una “vida congruente con la fe” y, por tanto, no puede cumplir el rol de apadrinar a un niño. 
Lo que podría haber sido no más que una expresión de deseos o una patológica imaginación calenturienta, era real. Aquí tienen ustedes las fotografías del momentos en que este señor es padrino de bautismo de una pobre criatura y tienen también ustedes al sacerdote que se prestó a esta irregularidad, un sacerdote que ya perdió la fe en los sacramentos.

Pero como bien dice un refrán popular, “la culpa no es del chancho sino de quien le da de comer”. Hoy mismo el sitio Rorate Coeli trae la siguiente noticia que reporta Marco Tossati: “El primer escalón del calvario del cardenal Müller fue un desconcertante episodio ocurrido a mediados de 2013. El cardenal estaba celebrando la Misa en la iglesia que se encuentra junto al palacio de la Congregación para un grupo de estudiantes y profesores alemanes. Su secretario se acercó al altar y le dijo: “El Papa quiere hablar con usted”. “¿No le dijo que estoy celebrando la Misa?”, preguntó Müller. “Sí”, le respondió el secretario, “pero dice que no le importa. Que quiere hablar igualmente con usted ahora mismo”. El cardenal se dirigió a la sacristía y encontró al Papa que, de muy mal humor, le dio algunas órdenes y un dossier concerniente a uno de sus amigos, también cardenal. Por supuesto, el cardenal quedó estupefacto”.
Si el mismísimo sucesor de Pedro no tiene respeto por la Santa Misa y no le importa interrumpir su celebración a fin de satisfacer una de sus habituales rabietas, no podemos pedir mucho más a un pobre cura tucumano. 

viernes, 7 de julio de 2017

Summorum Pontificum


En el décimo aniversario de la restauración del rito romano tradicional para toda la Iglesia Católica 

GRACIAS BENEDICTO XVI
Ad multos annos!

jueves, 6 de julio de 2017

El argentino magnífico II

(viene de la entrada anterior)

por Erick Audouard

II. El alma de Castellani

Más que el genio, más que numerosos talentos, Castellani poseía una virilidad espiritual innata – que se caracterizó principalmente por la imposibilidad física de mentir, sobre todo de mentirse a sí mismo. Ustedes conocen su sentencia tan ingenua como escandalosa: “Todo el mundo sabe que tengo razón, incluso su eminencia; todo el mundo sabe que no me la darán, incluso yo”.
Hoy en día, la virilidad espiritual es un estado excepcional que no es un buen augurio. Los mismos cristianos rechazan la virilidad espiritual como la peste, como si fuera el retorno del machismo, del fascismo y de las Waffen-SS… Pero, hoy en día, aún la verdadera salud mental huele mal. Es un hecho: apesta. A lo mejor, es una mala señal. En el peor de los casos, es un chancro, una ulceración que ataca tal como un ácido el buen funcionamiento de la sociedad moderna o post-moderna.
No se preocupen, no voy a dar una definición de la salud espiritual que tiene ciertas otras características espantosas, como respetar naturalmente la ley natural, por ejemplo, o amar a Dios con todas sus fuerzas, o amar a su prójimo como a sí mismo, sentirse el guardián de su hermano, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros, – en fin, todas estas polvorientas antigüedades bíblicas, tan poco rentables, tan poco lucrativas... Basta saber que ahora la llaman “fango”, la llaman “locura”, incluso la llaman “integrismo” o “fundamentalismo”, – lo que no deja de ser instructivo, de parte de una sociedad que carece absolutamente de integridad y fundamento… Basta ver los modelos que propone la visión tecnológico-espiritual del totalitarismo actual, su higienismo hedonista, su medicina correctiva que busca y encuentra todos los medios para reducir el alma humana a la eficiencia mundana, tratando de eliminar el dolor y todo sufrimiento (incluso, y sobre todo el sufrimiento que resulta del conocimiento de uno mismo) que es precisamente lo que eleva al hombre, que produce la virtudes, el coraje, la dignidad, la nobleza, la caridad, la superación de sí mismo, etc. 
En mi opinión, lo que se descubre principalmente en la biografía de Sebastián, es una imagen polimórfica de esta virilidad espiritual integral, una encarnación múltiple de su gesto, la efusión perpetua y los acontecimientos mortificantes de un alma profundamente sana en un mundo profundamente enfermo.
Si me permiten, ahora me gustaría enfocar un poco esta « profundidad » del alma de Castellani. Hoy en día, solemos confundir profundidad y complejidad, simplicidad y simplismo. Esta confusión es una obra maestra: la obra maestra de la superficialidad… 
Soy poeta, y a los poetas le gustan las imágenes (a veces demasiado). Entre muchas, en la segunda parte del libro de Sebastián, yo elijo casi al azar una que, además de ser fortísima, tiene un contenido muy profundo. A propósito de algunos de sus enemigos y detractores, Sebastián escribe esto: “Castellani es, todo él, un torpedo que les pega bajo la línea de flotación.”
Hermosa y poderosa imagen: a la manera de Castellani, expresa y muestra muchas ideas en pocas palabras. Vemos la trayectoria perfectamente rectilínea, perfectamente silenciosa, de su verbo en forma de misil; vemos la fuerza de choque y la eventración de la carcasa blindada de la mentira; oímos el ruido sordo, distante, de este choque bajo el nivel del mar, y vemos la vía de agua salada llenando el pañol, inundando la sala de máquinas y la caldera de la falsedad – todo esto mientras los pasajeros, tomando el sol en la cubierta, no se dan cuenta que fueron golpeados hasta la muerte… Pero más allá, existe la idea que la gran mayoría de los hombres viven en la superficie, como en un gran buque trasatlántico: en la superficie se levantan, duermen, beben, comen, se aman, se pelean, nacen y mueren… Hasta nosotros creemos, tan a menudo, que algo importante puede ocurrir en la superficie. Y que podemos respirar el aire de Dios restante en el exterior, tranquilamente tumbados en las sillas de la cubierta. Que es posible conocer el medio divino sin otro esfuerzo que dejarse flotar en la superficie de las cosas
Esta ilusión, Castellani no la permite. No la condena – la superficie existe, la frivolidad existe,  – pero él no permite que dure y continúe como ilusión, que se extienda y se presente como algo distinto de lo que es; él no permite que sea llamada profundidad o salvación, por ejemplo… Es una de las razones – para mí tal vez la más importante – por la cual su obra, su palabra, su verbo, no ha tenido el éxito que merecía. Era un verbo profundo, era una mirada profunda. Y cuanto más profunda es una mirada, tanto más pasa desapercibida por aquellos que justamente mira. Cuanto más profundo es un pensador, tanto más pasa desapercibido por quienes él mira.
Pero es menester precisar una cosa: resistir la atracción de la superficie es difícil. De hecho, es una cosa muy rara, es una cosa singular no seguir los ojos de la multitud cuando miran la superficie, cuando millones y millones de hombres miran ansiosamente la superficie, cuando miran con esperanza y se dejan fascinar por lo que sucede allí, o por lo que se dice que sucedió, o por lo que se dice que debería estar sucediendo… La mayoría de las veces, el esencial no florece en la superficie. El esencial sucede en lo invisible. Comienza a aparecer donde empieza el reino de la profundidad – bajo la línea de flotación…  Y, como lo escribe Sebastián, Castellani pega bajo esta línea, – una línea que se podría llamar “la frontera de la Opinión Pública”, o “el punto ciego del campo de visión colectivo”. Castellani pega y golpea con insistencia – como un santo submarino acostumbrado a la respiración bajo el agua – para torpedear sus enemigos, sin duda, pero sobre todo para hacer sentir la existencia y la presencia de la realidad hundida, para despertar y abrir los ojos de los hombres a la realidad oculta bajo esta línea. 
Esta realidad profundamente hundida está llena de inmensas bellezas, pero también de hechos terribles. Está llena de cadáveres, por ejemplo – cadáveres de víctimas y mártires, inocentes criaturas expulsadas por la comunidad de una manera o de otra, sacrificadas por la comunidad que necesita – para seguir flotando sin problemas – olvidar sus nombres, o peor: que necesita afirmar que fueron ellos los verdugos… 
Eso, es lo que han dicho todos los profetas hebreos. Es lo que ha dicho el Hijo de Dios. Es lo que han experimentado los verdaderos santos cristianos, contra el poder de la multitud y la ceguera de las comunidades, cuales que sean. Y todos pagaron un alto precio por decirlo.
Nadie duda aquí que Castellani era un profeta, un hombre nacido para ser un filósofo y un escritor, pero forzado por una vocación superior, forzado por la llamada trascendente, a convertirse en testigo de la verdad. Testigo de esta Verdad y de esta Luz que nunca fue de origen humana y que los hombres que viven en la superficie siempre rechazaron.  
En el tiempo que viene, es decir ahora mismo, la luz y las tinieblas están luchando en una guerra sin gracias. Esta guerra que comenzó hace más de dos mil años está experimentando una rápida aceleración en el circo tragicómico que conocemos hoy en día. En este circo de lo Paródico, donde nada escapa a la parodia, este circo donde la violencia crece entre los grupos y crece entre las personas, este circo donde la preocupación por la verdad desaparece en beneficio de las fantasías individuales y colectivas, las tinieblas movilizan los hombres superficiales contra la realidad y contra el resto fiel. 
Este resto fiel va a tener más y más necesidad de la Palabra verdadera de los apóstoles como Castellani, esos verdaderos hombres que parecen haber nacido como magnetizados por la grandeza, – últimas brújulas de Occidente que nos recuerdan a los puntos cardinales en la noche, que nos indican infaliblemente, durante el reino de la Barbaridad, los grandes polos magnéticos del pensamiento y de la Civilización– entre Atenas, Roma y Jerusalén.
Et voilà !, como dice Jack Tollers, el hermano siamés, o mejor dicho, el Dioscuro británico de Sebastián. 
Les agradezco mucho por haber soportado mi pobre castellano y el crujido de mis dientes de leche. Que Dios los bendiga y nos ayude.

Erick Audouard
Combs-la-ville, France, juin 2017

Para adquirir el segundo tomo de la biografía de Leonardo Castellani: Sebastián RandleCastellani maldito, 1949-1981 (Buenos Aires: Vórtice, 2017).  712 págs., pueden dirigirse a la librería y editorial Vórtice

martes, 4 de julio de 2017

Clavo argentino

por  Luigi Bisignani
Traducción: Rubén Peretó Rivas

La soledad del Papa Francisco. Desde Argentina a Estados Unidos cae la popularidad de Jorge Mario Bergoglio entre escándalos, errores, purgas y disputas internas que dividen la Curia.

Desde Argentina a Australia, y hasta en las habitaciones secretas de los pasillo vaticanos, sopla impetuoso el viento que amenaza con hacer volar el solideo blanco del Papa Bergoglio. La última novedad es la sustitución en el ex Santo Oficio del conservador Gerhard Müller por el arzobispo Luis Ladaria Ferrer, un jesuita español que tendrá la misión “revolucionaria” de abrir la Iglesia primero el diaconado y luego el sacerdocio femenino. [nota del traductor: un día después de publicada esta nota, se conoció la noticia que Mons. Ladaria Ferrer no denunció a la justicia italiana a un sacerdote condenado canónicamente por múltiples abusos de menores].

En Argentina, una disputa comenzó a crecer, y puede convertirse en un incidente diplomático, cuando se anunció oficialmente que en enero de 2018 Francisco volverá “al fin del mundo” pero para visitar la desconocida y pequeña ciudad de Temuco, en Chile. Para los argentinos, siempre con diferencias contenciosas con los chilenos, la decisión del Papa de no volver a la catedral de Buenos Aires es considerada una provocación inaceptable, con ventajas solamente para los evangélicos. Hay quiene dicen por lo bajo que Bergoglio es de tal modo polémico en su propio país, que estaría preocupado por posibles disputas públicas. Parece, incluso, que a las autoridades chilenas les ha llegado la discreta novedad  que no sería agradable para pontífice que asistieran huéspedes civiles o religiosos argentinos durante a visita, ni siquiera los miembros de su propia familia.
La imagen de Francisco que tenía los números suficientes para constituirse en “líder continental moral” sin la sombra de Barack Obama está velozmente entrando en crisis, no obstante el trabajo extraordinario del Secretario de Estado Pietro Parolin: en Cuba con Trump, la diplomacia vaticana tartamudea; en Colombia, el referendum por la paz se perdió porque los evangélicos del país lo sabotearon; en Venezuela, todas las partes políticas están de acuerdo en decir que el tentativo de pacificación emprendido por el Vaticano, ha agravado la situación en vez de mejorarla y, finalmente, en Brasil, después del éxito de la jornada mundial de la juventud, Río de Janeiro tiene como intendente a obispo evangélico, anticatólico y, sobre todo, crítico de la Conferencia Episcopal.
Frente a este escenario internacional se puede comenzar a plantear un primer balance sobre los cuatro años de pontificado, intentando alguna comparación entre Francisco y sus predecesores. Lo que ocurrió luego de la renuncia de Benedicto XVI es muy similar a la transición entre el Papa Pío XII y su sucesor Juan XXIII. Bergoglio se inspiró en Roncalli, quien, sin embargo, se hizo cargo de una Iglesia lejana del pueblo, en profunda crisis misionera y, sin muchas proclamas, la revolucionó con la convocatoria del Concilio Vaticano II. Exactamente lo contrario a los sucedido en la transición entre Ratzinger y Bergoglio. 
Después de haber realizado una campaña de prensa que transformaba al Papa argentino en un ídolo, el mundo está cayendo en la cuenta que, en el fondo, el trabajo del Ratzinger fue profundamente infravalorado. En un Vaticano divido por disputas, el Papa alemán puso al IOR en la white list, declaró la tolerancia cero a la pedofilia y comenzó un profundo estudio de la crítica de la Iglesia moderna frente a los desafíos futuros. Francisco, por tanto, llegó con un assist sin precedentes del que quizás ni siquiera él se dio cuenta, circundado de una modesto círculo mágico que le quita visión y que no le hace ver las críticas que amenazan con asumir dimensiones cada vez más grandes, alejándolo de sus predecesores. Casi un Matteo Renzi vestido de blanco. 
Munido de una rara intuición, Bergoglio por lo menos juntas sus manos cuando delante de la Virgen de Fátima pide perdón por el “mal gusto que ha tenido en elegir a sus colaboradores”. El cardenal australiano George Pell, alejado en los últimos días, fue el puntero del escuadrón argentino elegido por Bergoglio. Pero, pedofilia aparte, la posición de Perl se agravó porque, después de haberlo llamado al Vaticano, no fue capaz de controlar las sociedades revisoras que están haciendo los exámenes a las cuentas pasadas y presentes de la Iglesia. Con algunas de ellas, había firmado preliminares de contrato para la creación del Vam (Vatican Asset Management) en el cual confluirían todos los bienes inmuebles de la Iglesia (incluso los que posee en Londres, París, New York y Hong Kong) y ahora las sociedades están pidiendo dinero. Mientras, el revisor de cuentas de la Santa Sede, Libero Milone, elegido por el propio Pell, parece que fue echado porque no quería avalar el balance de la Secretaría de Comunicaciones que contrataba voces millonarias.
Y mejor no hablemos de la modestia de los nuevos obispos italianos. En ciudades clave como Palermo, Padua, Brescia o Bolonia, y en gran medida por sugerencia del círculo mágico (San Egidio, Mons. Darío Viganò y aquellos que, en broma, son llamados los nuevos masones del “Nouvel observateur”), han sido nombrados honestos párrocos de barrio, pero que no están preparados para gestionar realidades complejas, y probablemente se convertirán en sus víctimas.
Siempre en Italia, nadie ha comprendido todavía el desastre financiero en torno al Hospital del Niño Jesús. En sólo dos años de la nueva gestión, se han quemado decenas de millones de euros bajo el gerenciamiento de la apedreada Mariella Enoc. 
Tiempos duros son los que le esperan al Papa Francisco; la plaza ya no se llena de gente como en otros tiempos; las tan proclamadas reformas se han eclipsado en pequeñas nominaciones y los slogans publicitarios sirven poco para mantener alta la tensión mediática. La Iglesia americana ya le dio la espalda, así como la africana, y la soledad de un Papa que le dice a los suyos “Sigo solo adelante”, se enfrenta con la parábola del buen pastor que se detiene a recuperar hasta la última oveja perdida. ¿Se verificará nuevamente el año de los tres papas como en 1978? Pero en este caso, estarían los tres vivos y, por tanto, esperando a que Bergoglio se tome diez minutos para pensar lo que está haciendo, permanecemos en la tradición católica y le deseamos larga vida a los Papas.

Il Tempo, domingo 2 de julio de 2017.

[N. del t.: El autor, Luigi Bisignani, está considerado uno de los hombres más poderosos de Italia]

lunes, 3 de julio de 2017

El argentino magnífico I


por  Erick Audouard

para Sebastián Randle


Por toda la hermosura 
nunca yo me perderé, 
sino por un no sé qué 
Que se alcanza por ventura.
Juan de la Cruz

No es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
Don Quijote

  1. Vir verax
Muchas gracias por invitarme a esta celebración en honor de Leonardo Castellani y de su estimado biógrafo Sebastián Randle. Otorgándome la oportunidad de volver al país de Castellani y reunirme con sus amigos de carne y hueso, sepan que ello ha aumentado considerablemente el coeficiente de realidad de mi existencia. En un mundo cada vez más abstracto y virtual, nunca estaría lo suficientemente agradecido por este gesto.  
Me llamo Erick Audouard, soy católico, francés, escritor, esposo, padre de un hijo – más o menos en este orden. 
Para empezar, debo destacar dos puntos importantes. Primero: he presentado y traducido a Castellani en un libro de publicación inminente  en Paris (en el próximo mes de noviembre), pero no soy un traductor profesional.  Lo traduje y seguiré traduciéndolo, si Dios quiere, porque nadie se ha tomado la molestia en hacerlo – o mejor dicho porque nadie se ha tomado el gusto de hacerlo. Aquí, para que las cosas queden bien claras, cabe aclarar mi situación cultural-geográfica. Muchos argentinos todavía albergan ilusiones culturales sobre Francia. Ahora bien, como nunca antes en su historia, Francia se encuentra bajo la dictablanda del divertimento y de la opinión fabricada y falsificada en las farmacias tecnocráticas, con el consentimiento pasivo de los pseudo-intelectuales y de una población que aborrece de su historia y se odia a sí misma. Desde el comienzo de la civilización occidental, un signo de la vitalidad de una cultura consiste en la infusión de genios de otro país en nuestro propio idioma. Hace ya 35 años que murió Castellani; nunca se ha traducido, y podemos apostar que no será leído, sino por pocas personas que pertenecen al resto fiel. 
Segundo: hace solamente dos años que descubrí la existencia de Castellani. Por casualidad, por suerte, hace dos años he oído su nombre y los primeros balbuceos de su leyenda – leyenda a la vez dorada  y emplomada. Decir esto, entre vosotros, es como decir que nací ayer. Es como decir que todavía tengo mis dientes de leche. Por lo tanto, me disculpo de antemano por la ingenuidad de estas pocas palabras acerca de un escritor y de una obra que algunos de ustedes conocen desde hace décadas o desde siempre.
Cuando comencé a leer a Castellani, a buscar sus libros – tarea nada fácil –, recordé que, en los años ochenta del siglo pasado, un equipo de paleontólogos (dos italianos, si no me equivoco) hizo un descubrimiento notable. Encontraron al pie de las montañas argentinas los huesos fósiles de un ave gigantesca, un pájaro con alas de siete metros de ancho – el más grande que jamás voló en la atmósfera. Este increíble volátil pertenecía a una especie extinta desde seis millones de años. Impresionados por su tamaño, y también, sin duda, irónicamente – debido a la relativa fealdad y monstruosidad de este tipo de cóndores gigantes – le bautizaron Argentavis Magnificens: el Argentino Magnífico. 
Cuando encontré las primeras piezas de Castellani, una historia similar parecía pasar en mi vida. Convencido que mi descubrimiento era un hallazgo excepcional, lejos de Argentina, con los medios a mi alcance en Francia, yo trataba de reunir, poco a poco, los miembros dispersos de la obra, – una obra cuya escala, cuyo tamaño y amplitud aumentaban con cada nuevo fragmento. 
Era obvio que yo tenía que traducirlo, que era un deber hacerlo, no solamente para compartirlo con mis compatriotas sino también para descubrirlo a través de las entrañas de la lengua. Me informaban sobre él numerosos testimonios, prólogos y estudios, pero muchos elementos faltaban para mí. Había como eslabones perdidos. Sobre todo, ciertos discursos demasiado edificantes no me permitían responder a esta pregunta: ¿por qué milagro este fenómeno podía arreglárselas para volar? ¿cómo podía simplemente vivir en este mundo sublunar? 
Entonces un día decidí escribir una carta a su biógrafo, – una sorpresa más, que el animal extraño e fabuloso, este escritor completamente desconocido, enterrado mil pies bajo tierra, tuviese ya un biógrafo, es decir un paleontólogo que había trabajado durante décadas para reconstruir la unidad del pobre monstruo literario, filosófico y teológico de la calle Caseros. 
Sin forma, de inmediato, y como si él me estuviera diciendo "Ah, quieres saber, che? Así vas a saber!", Sebastián es el paleontólogo que me envió los resultados de su investigación : un enorme volumen, exhaustivo, tanto científico como apasionado, donde relata una vida casi sin una sola « anécdota », o mejor dicho una vida donde cada anécdota es un signo, un mensaje que significa, así como los textos de su obra : una obra que era vida, una vida que era obra. 
Como dice Paul Claudel en su prólogo a un libro de Albert Frank-Duquesne, “hay vidas que son parábolas”. En un momento, Sebastián habla específicamente de “la parábola de la vida” de Castellani, de la parábola vital de este gran “parábolero” que era Castellani. Confiesa de ese modo que se debe interpretar la existencia de Castellani, hacer exégesis de la “sua vita”. Y nos recuerda que el cristiano verdadero habla no sólo con palabras sino con hechos. No hay duda que el mismo Castellani habla de su proprio ideal, y aun de su propia vida, cuando él escribe esas luminosas frases sobre Kierkegaard: “Él ha calcado esforzadamente su alma individual, su “existencia” – como habla él – sobre la doctrina de Cristo y las luces que Dios le daba; y Dios le daba, a lo que podemos colegir, una “luz negra” devoradora, para convertirlo en una señal en la noche. Él “gesticuló con toda su vida”, como San Juan el Crisóstomo: lo que dice nos es sermón, no es retórica, ni es creación poética pura, ni es sistema, sino modelado vital.”
Iniciado y deseado como ideal en la primera parte de su vida, este “modelado vital” se convierte en un duro y doloroso esfuerzo en la segunda parte, desde el episodio de Manresa. Sebastián nos advierte que el tiempo ha pasado desde la escritura de la primera parte; las búsquedas fueron a veces más fáciles gracias a internet, y el entusiasmo de la juventud ha dado paso a la reflexión más equilibrada, más interrogativa, a veces teñida de perplejidad. Pero lo que pasa es que la segunda parte de esta vida es quizás aún más apasionante, porque a partir del famoso colapso de Manresa comienza la Pasión de Castellani – o como él lo decía para el poeta Gerard Manley Hopkins, cominenza The Wreck of Castellani. Comienza su largo calvario en un mundo cada vez más similar al mundo en que vivimos hoy en día.
La biografía despliega este calvario o naufragio – calamidad ambulante para la edificación y la vergüenza de la gente cómodamente sentada – donde yo pude ver entonces cómo Castellani había unido y encarnado, hasta las últimas consecuencias, verdad, virtud y virilidad – que tienen en común la misma raíz latina en la palabra “vir”, que significa “hombre”, como lo saben. Así, una de las lecciones que surgen de la lectura es que ser cristiano no es solamente divinizarnos siguiendo el modelo crístico: ser cristiano es ser verdaderamente y profundamente hombre.

Para volver a mi primera sensación, al final, a través de esta biografía tan monstruosa como su objeto, vi aparecer el cuadro más completo posible de Leonardo Castellani. Vi aparecer la silueta viable y perenne del real Argentino Magnífico – Argentavis Magnificens, Vir Verax, de tipo catholicus catholicus.


(Continúa)

viernes, 30 de junio de 2017

El humo de Satanás

Todos los diarios del mundo han dado relevancia ayer a la decisión del cardenal Georges Pell de regresar a Australia para defenderse personalmente de los cargos de encubrimiento e, incluso, de abuso sexual con los que fue acusado en su país. No me cabe la más mínima duda que es todo una gran mentira urdida por las Fuerzas Oscuras y expandida por los medios de prensa que están a su servicio. El mismo purpurado dice que todo comenzó hace dos años y desde entonces ha sido permanentemente acosado por parte del periodismo. Curiosamente, hace justamente dos años el cardenal Pell cobró protagonismo durante el Sínodo sobre la Familia debido a su férrea defensa de los principios de la fe, y se comenzó a perfilar como papabile. No es la primera vez que los grandes, o pequeños, medios de difusión “guardan” la información de este tipo que poseen -verdadera o falsa-, para darla a conocer en el momento que mayor daño puede hacer. Es cuestión de repasar los hechos para comprobarlo.
Pero también ayer nos enteramos de otro hecho: la gendarmería pontificia descubrió en un departamento ubicado dentro de la Ciudad del Vaticano una “orgía homosexual con drogas” de la que participaba el ocupante del piso, un monsignorino asistente de un alto cardenal de la Curia. Un hecho aberrante que indigna y avergüenza, y nos enfrenta una vez más a un problema al que debemos, como cristianos, tratar de encontrar una explicación, si es que existe. [Nobleza obliga, este procedimiento de la gendarmería no habría sido posible sin la autorización expresa del Santo Padre. Un gesto que lo honra]. Lo cierto es que la Iglesia enfrenta miles de casos reales de abuso sexual y conducta homosexual por parte del clero. ¿Cómo ha podido ocurrir semejante situación? La impresión que tengo es que quizás sea también éste el “humo de Satanás” que Pablo VI anunció que se estaba filtrando en la Iglesia. No solamente nos encontramos en un proceso de creciente asfixia por la humareda que despide la homosexualización agresiva y militante de la cultura occidental, sino que también lo olemos, como al azufre, en el Templo. 
La Iglesia está integrada por hombres y, por tanto, es pasible de todos los pecados que los hombres pueden cometer. Sea la pederastia, sea la homosexualidad, son realidades que siempre existieron entre los miembros de la Iglesia. Y sobre esto hay abundantes testimonios y estudios serios. Desde la carta de San Pedro Damián al papa León IX titulada Liber Gomorrianus contra nefandum sodomiae, del siglo XI, hasta los escándalos de pedofilia y encubrimiento que rodearon al P. Stefano Cherubini, sucesor de San José de Calasanz como general de los escolapios en el siglo XVII. Pero en los últimos años, concretamente a partir de los ’80, nos hemos visto inundados de una marea que parece incontenibles de casos, a cual más espantoso, de pederastia y sodomía de sacerdotes e, incluso, de obispos. Si en otros momentos de la historia, estas prácticas existían, siempre estuvieron muy acotadas, fueron muy puntuales y, en general, se las trató con la máxima severidad. Pero en algún momento más o menos reciente, algo ocurrió; se desplomó una barrera o se quitaron los filtros. Lo cierto es que la cosas cambiaron. 
Sin pretender ninguna originalidad ni mucho menos ser exhaustivo, propongo aquí algunas ideas que ayuden a armar el doloroso rompecabezas:
  1. Falta de respuesta adecuada por parte del Vaticano: El Papa Benedicto XVI reconoció este hecho en septiembre de 2010: la Iglesia no fue lo suficientemente vigilante o no tuvo la pronta respuesta que correspondía frente a estos casos. Él mismo redujo al estado laical a cuatrocientos sacerdotes por estos comportamientos. Sin embargo, yo creo que no fue suficiente un reconocimiento de falta de vigilancia o de celeridad. Faltó castigo severo. Se optó durante décadas por cambiar de destino al sacerdote involucrado como si eso fuera suficiente o, en casos más graves y notorios, se lo recluía en un Cottolengo, como ocurrió con Mons. Macaronne, o en un departamento de Génova rodeado de tres servidores y con libre acceso a Internet, como ocurrió en otro caso. ¿Es que no había castigos más duros? Hace dos días, la Iglesia Ortodoxa en América, destituyó a un obispo auxiliar por cuestiones relacionadas con su conducta sexual, reduciéndolo al estado de “monje lego”, lo que en la práctica significa que el ex Mons. Ireneo terminará sus días en algún monasterio rumano limpiando chiqueros y cortando el pasto. 
  2. Falla en la formación de los seminarios. No en vano los casos de abusos comenzaron a revelarse en sacerdotes que habían sido formados en la década de los ’40, es decir, cuando todo en la Iglesia comenzó a revolucionarse y terminó en el Vaticano II. Y no me refiero a “fallas” en la doctrina: los seminaristas de los ’40 y ’50 eran todos de “buena doctrina”, y podrían recitar seguramente varios párrafos de Santo Tomás en latín. La falla se dio en un insuficiente apoyo y formación emocional que los preparara para la vida del celibato en una sociedad que comenzaba a sexualizarse exponencialmente. Y también, a la falta de verdaderos padres espirituales que guiaran a los jóvenes en los duros caminos de la ascesis ordenada a la formación del hábito de la castidad.  
Hablando hace poco con mi querido amigo el Prof. Antonio Caponnetto, conveníamos en que muchas veces en los seminarios se asimilaba la virtud de la castidad lisa y llanamente a la continencia sexual, y ningún ser humano normal puede vivir bajo esa tortura. Dionisio, uno de los Padres, enseña cosas muy distintas sobre la castidad. Y tan hermosas, que saberlas y vivirlas otorgan felicidad. Una felicidad que en nada emparda a la esponsalicia o a la otorgada por la conyugalidad sacramental. El casto así aprendido y así vivido, en condiciones mínimas y básicas de salud física y mental, no necesita incurrir en ningún pecado contra natura, ni en ninguna aventura concorde con la natura. Esa castidad lo colma en serio. Es su genuina predilección. Lo sana, lo ennoblece y hasta lo hace fecundo. Porque la lujuria y la lascivia esterilizan, pero la castidad es prolífica. Por eso se preguntaba Caponnetto: ¿alguien les enseña a los seminaristas y a los curas lo que es la castidad? ¿Alguien les enseña el misterio del niño, de la mujer, del varón? No; en los seminarios los mandan a leer el documento de Aparecida. Y así estamos. 
Además, faltaron filtros, o lo filtros fallaron. ¿Hasta dónde se aplicarán en la actualidad las directivas de la Congregación para la Educación Católica de 2005, según la cual “no se puede admitir al seminario y a las órdenes sagradas a aquellos que practican la homosexualidad, que presentan tendencias homosexuales arraigadas o que apoyan la denominada cultura gay”?
  1. Exagerada confianza de los obispos en la psiquiatría. No resulta extraño que, cuando comenzaron a manifestarse estos casos, los obispos optaron por el traslado de parroquia del sacerdote involucrado y por ordenarle un tratamiento psiquiátrico. Fue un “error trágico”. Creyeron que con terapia se podía solucionar algo que era mucho más profundo y que comprometía las entrañas mismas del espíritu humano: la realidad del pecado y de la gracia.
  1. Escasez de sacerdotes y exceso de misericordina: En muchas diócesis, frente a la escasez creciente de sacerdotes, se prefirió que el abusador fuera destinado a otro trabajo confiando en su recuperación a fin de no perder “agentes de pastoral” y a fin, también, de ser misericordiosos con el pecador. Otra vez, se cometió un trágico error: era conveniente que un grupo juvenil se quedara sin asesor a que lo tuviera y se convirtiera en su abusador.

La noticia que leíamos ayer, que se titulaba “La gendarmería interrumpe una orgía gay con drogas en un departamento del Vaticano” y ocurría en un departamento situado en el Palacio del Santo Oficio. La noticia constituye no sólo un escándalo mayúsculo sino también un gran dolor a todos nosotros, los católicos. Nos estamos asomando a los abismos del Mal. Aquellos que fueron llamados a los oficios más santos, se entregan a sus propias concupiscencias, incapaces de controlarse. Abissus abissum vocat; “Un abismo llama a otro abismo” (Ps. 41, 8); quien comienza a deslizarse por la pendiente del vicio, difícilmente pueda detenerse. Y no hablamos aquí de un vicio cualquiera, sino de un vicio que clama al cielo, como siempre lo consideró la Iglesia.
“No queráis engañaros: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los afeminados, ni los sodomitas... han de poseer el Reino de Dios” (I Cor. 6, 9).

Nota filológica: San Pablo utiliza el sustantivo griego μᾰλᾰκός que se traduce correctamente como afeminado, pero que tiene una enorme amplitud semántica que converge en la idea de una persona moralmente débil e incapaz de autocontrolarse. Platón lo utiliza en República (556c) para referirse a aquellos “incapaces de resistir al placer y al dolor”. Una pintura exacta del hombre contemporáneo.